¿Cómo empezó todo?

Me quedé embarazada por tercera vez en navidades del 2012, fue un poco por sorpresa, pero desde el primer minuto me hizo mucha ilusión conocer la noticia.  Aunque no tardaron en llegar los problemas, ya que desde la octava semana de embarazo todo se fue complicando. Empezaron los hematomas, los sangrados, el desprendimiento de la bolsa, la placenta previa, la medicación y el reposo forzado. Desde esa octava semana fueron innumerables las visitas a urgencias, los ingresos por riesgo de aborto y un sufrimiento constante ya que ningún doctor creía que el embarazo seguiría adelante y si lo hacía, tenían claro que no llegaría a la semana 40 y que sería un bebe de prematuridad extrema. El bebé no crecía como se esperaba pero todas las pruebas eran normales. Fui derivada a la unidad de partos de riesgo del hospital San Juan de Dios. Seguían las pruebas y todo era normal, nadie entendía el por qué nada iba bien. A su fecha me hicieron el Triple Screening con riesgo para Síndrome de Down 1/100 pero no me pudieron realizar amniocentesis por placenta anterior y alto riesgo de aborto. Todos los datos morfológicos eran normales, tamaño del fémur, pliegue nucal, nada hacía pensar que existiera un riesgo real. En ese momento, me senté con mi marido y debo reconocer que, sin la información adecuada, tomamos la decisión de seguir adelante con ese embarazo, jamás nos planteamos un aborto aun sabiendo que había cierta probabilidad de que el bebé tuviera un problema genético. En aquel momento veía el síndrome de Down como un fantasma lejano y desconocido, que me causaba un gran miedo debo admitirlo, pero yo seguía queriendo luchar por ella. Si ella estaba luchando contra pronóstico por seguir adelante, quién era yo para quitarle ese derecho, esa niña merecía nacer.

Tomada la crucial decisión, fue momento de elegir su nombre: ELSA. Elsa es de origen hebreo “Elisheba“, formado por “El” que significa Dios y “sheba” que significa siete (el número de la perfección en sentido figurativo); Elsa hace referencia a “Aquella que lleva la perfección de Dios” o “La que Dios ayuda”. No es que yo sea creyente, pero intuía que ella seria alguien muy especial y no me equivoqué.

Aunque sabíamos que íbamos a continuar, creíamos oportuno prepararnos y formarnos en caso que Elsa viniera con algún problema genético, así que como la amniocentesis no era opción, optamos por la analítica no invasiva de sangre materna. La prueba, que se comercializa bajo diferentes nombres y que se suele realizar entre las semanas 10 y 12 de gestación, aunque no hay problema por hacerla más tarde (yo me la hice estando casi de 20 semanas). Su coste es de alrededor de 700eur y dicen que es notablemente eficaz en la detección de anomalías en los cromosomas 21 –síndrome de Down-, 18 –síndrome de Edwards- y 13 –síndrome de Patau- con tasas de acierto de más del 99% de los casos en la detección de síndrome de Down.

Recuerdo el día que fuimos a recoger los resultados al ginecólogo estaba aterrada, pero los resultados fueron negativos, todo estaba bien. En ese momento me invadió la alegría por dentro pero no sé por qué había algo que me seguía generando cierta intranquilidad, ¿intuición materna? Llamarlo como queráis, pero temía que algo no iba bien, si no, ¿por qué Elsa no crecía al ritmo esperado?.

Siguieron pasando los días eternos, con los sangrados interminables, el reposo y todo parecía una pesadilla sin final, pero ahí estaba Elsa dispuesta a seguir luchando por nacer. En la semana 27, recibe maduración pulmonar con betametasona y lo peor llegaría pronto. En la semana 29 de gestación, se produce la rotura de la bolsa y rápidamente me ingresan nuevamente. En aquel momento Elsa no llegaba a pesar ni un kilo por lo que podéis imaginar mi preocupación por el parto tan prematuro.  Para mi asombro, me informan que Elsa no está preparada para nacer y recomiendan detener el parto con lo que recibo tratamiento para ello e inicio tratamiento antibiótico endovenoso ingresada ya en el hospital. Se trata de estar inmovilizada en la cama para evitar pérdida del poco líquido amniótico que queda, que el bebé lo vaya regenerando con su propio pipí (esto la mantendría viva) y que no se produzca ninguna infección ya que la bolsa está abierta al exterior. El objetivo era aguantar el máximo tiempo posible así para que Elsa fuera creciendo y desarrollándose en un entorno más seguro que el exterior. La meta estaba en llegar a la semana 33 en que podría llegar a nacer en condiciones de peligro no tan extremo.